viernes 14 de marzo de 2008

Los ojos del caos

Capítulo 3

Manuel se sentó enfrente del piano. Acarició con la yema de los dedos la tapa. Aquel piano de cola marrón oscuro era de algún familiar, o eso creía. Recordaba cómo estaba aquella vez que lo vio en el desván de su abuela, sucio y astillado, con el color negro comido y algunas cuerdas cortadas. Acariciaba con ternura las teclas recordando lo que le había costado repararlo. Había empezado con sus propias manos, durante su tiempo libre había quitado toda la pintura y había barnizado la madera. Lo había limpiado y reforzado, pulido y lijado, hasta que llegó al interior y lo llevó a un especialista para que le cambiara las cuerdas y lo afinara. Tras años de trabajo allí lo tenía. Reluciente, casi como nuevo. Una antigua reliquia, o eso decía el especialista.

Sentado al taburete se dispuso a tocar la única melodía que sabía de memoria, el Claro de Luna de Beethoven. En realidad no sabía tocar el piano, se había aprendido los movimientos y el ritmo y repetía como un loro. Algún día aprendería, cuando tuviera más tiempo. Cerró los ojos y dejó caer sus dedos contra las teclas, cuando de pronto recordó aquellos ojos azules. Sus movimientos se interrumpieron de pronto. Había visto la imagen completamente nítida, como si estuvieran delante de él. Se frotó los ojos y volvió a tocar la melodía, intentando aferrarse a ella para que su paranoia no le invadiese. Súbitamente a mitad melodía los volvió a ver, aquellos fieros ojos azules, aquél borrón, aquella cosa estaba allí delante, surgiendo del piano, surgiendo de la melodía.

-¡Lo viste! Ahora ya no puedes negarlo, has visto “algo”.

Manuel gritó y se cayó del taburete al oír aquella voz. Parecía venir de todas partes, de cada rincón de la habitación

-¡Lo viste! Ahora ya no puedes negarlo, has visto “algo”.

No, no venía de todas partes, sólo de una, de su cabeza. Manuel se asustó y de pronto le invadió el pánico. No sabía qué hacer, las imágenes se sucedían, lo mismo que recordaba, una y otra vez. El borrón, los ojos, la bolsa, las latas en el suelo, su grito ahogado por el miedo a aquella cosa. Mierda, mierda. Manuel no sabía qué hacer, miraba a todos lados de su estudio, vio los papeles de su trabajo y su maletín. Cuando se dio cuenta estaba en el dintel de la puerta, con la chaqueta puesta, la mirada perdida y un maletín en la mano. Tenía que salir de allí y sólo se le ocurría un lugar.

-¡Lo viste y no puedes negarlo!

Manuel echó a correr por la calle con las facciones atrapadas en el terror. La poca gente que había a aquellas horas de la noche se apartaban de él, atemorizados por la expresión de su cara y su forma de correr tan salvaje. Vio un taxi aparcado en un lado de una calle y lo tomó. No daba crédito a su suerte.

-A la plaza de España. – Las palabras se le entrecortaban. En su mente se le apelotonaban las ideas y sudaba. No sabía cuánto había corrido, pero hacía un rato que no oía las voces. Sonrió aliviado y rompió a reír.

- ¿Perdón?

- Oh nada he recordado algo que me dijo un amigo.

- ¿Por esta calle?

- ¿Qué? ¡Oh! Sí, por aquí mismo.- Se inclinó más tranquilo en el asiento y esperó a llegar a su destino. Miró por la ventana. El taxi olía a sudor y a ambientador barato. Miro cómo conducía el taxista, completamente concentrado, con el ceño fruncido. Sudaba profusamente y miraba nervioso los retrovisores. La radio estaba en completo silencio. Silencio roto por el zumbido del motor y por la agitada respiración del taxista. Volvió a mirar por la ventana extrañado.

- ¡Oiga!

- ¿Sí?

- Que estamos yendo en dirección contraria. Le dije a la plaza de España no a… - La frase se quedó en el aire, súbitamente un sonido seco. Manuel miró atónito los seguros bajados de las puertas. Intentó abrir una y el coche de pronto frenó, haciéndole perder el equilibrio y golpearse la cabeza contra el marco de la puerta. Aturdido miró al taxista que le apuntaba con una pistola.

- Por el otro lado hay demasiado tráfico, iremos por aquí ¿no crees?- el conductor no esperó respuesta y le golpeó la cabeza con la culata del arma. Manuel se desvaneció en el asiento trasero del taxi.

Los ojos del caos

Capítulo 2

- Llegas tarde.

- Ya lo sé, pero tampoco tan tarde.

- Cierto, tan sólo veinte minutos tarde. Lo normal supongo, ¿no?

- Tienes suerte de que hoy soporte tu ironía. Por cierto, buenas noches Novella.

- Buenas noches agente Akasha, ¿de buen humor? ¿Acaso has pasado un buen día? – Novella sonreía pícaramente tras una montaña de papeles.

Neske asintió y se dejó caer cansada en la silla de su mesa de trabajo, otrora limpia y ordenada, donde montones de papeles se amontonaban caóticamente. Todo estaba tal y como lo recordaba, excepto por el ramo de rosas y la nota que había encima de ellos. Miró a su alrededor para intentar identificar alguna mirada furtiva, sin embargo, la oficina medio vacía, y las sonrisas divertidas de los allí presentes que observaban burlones la escena. Neske ladeó la cabeza y dejo el ramo en un lado de la mesa.

- ¿Novella tienes algo que ver con esto?

- Yo no sé nada.- dijo burlón.

- Apuesto a que sabes quién ha sido.

- De verdad que no sé nada.- La sonrisa de éste le hacía dudar.

Neske fusiló con la mirada a Novella y su sonrisa se desvaneció como por arte de magia. En realidad le divertía que los hombres le hicieran ese tipo de regalos, sobre todo por la cara que les quedaba tras averiguar la verdad sobre sus tendencias. Ojalá pudiera sacarles una foto en ese momento, con su cara de póker, su falsa sonrisa y su estúpida disculpa. Aunque en la comisaría nadie lo sabía, y tampoco tenía ganas de que se airease a los cuatro vientos. No por la homofobia o por el rechazo, sino porque era algo personal suyo y de nadie más.

-Oye de verdad que no sé nada. Cuando llegué ya estaba allí.- Repuso seriamente Novella.

- En fin. –Suspiró Neske. Recordó la mirada de Irene y sus preciosos labios. Una sonrisa se dibujó en su rostro. Volvió a mirar la montaña de papeles y su ánimo se ensombreció, extirpando la sonrisa de su boca.

Los papeles parecían reproducirse, aquello parecía un criadero de informes, citas judiciales, informes a mitad escribir, blocs de notas, lápices, bolis, informes de forenses, cds, dvds, un bote de refresco y un vaso de café de ayer. Suspiró y se puso a ordenar su mesa. Mientras lo hacía se abstrajo, mecánicamente ordenaba su mesa sin pensar demasiado en lo que hacía, y su atención vagó por la oficina de la comisaría. En algún lugar sonaba la radio. El crujir de su suéter mientras movía los brazos. Las conversaciones divertidas de sus compañeros, algunas no tan divertidas. La respiración de Novella. Su propia respiración. El pulso que le golpeaba la cabeza. El sonido de la máquina de café. La puerta que se abría. Un móvil en la lejanía. Algo que le vibraba en el pantalón.

-¡Neske! Neske, ¿me oyes?. – Novella le hacía gestos con la mano desde su mesa de trabajo, enfrente de la suya.- Te están llamando al móvil.

Metió la mano en el bolsillo y allí estaba, vibrando, su arcaico móvil.

- ¿Diga?

- ¿Inspectora Akasha? – Respondió una voz afónica. En seguida reconoció la voz, era del comisario.

- Si comisario. – La voz se le tornó seria. No le gustaba lidiar con el jefe y menos con el comisario Mendizábal cuyo humor, o más bien su mal humor, era legendario en la comisaría. No obstante su oscuro ánimo recobró la luz. Si le dan un caso se librará del papeleo pendiente temporalmente.

- ¿Está con usted el inspector Novella?

- Sí señor, está aquí conmigo en la oficina.

- ¡Bien! Así me ahorro una llamada. Debéis ganaros el sueldo. Tenéis un caso, ir a la Avenida Marqués de Sotelo con la calle Xàtiva, en el edificio de Cortefield, abajo está esperando un par de patrullas y los de la científica ya van para allá. – De pronto la llamada se cortó. Sin adioses, ni buena suerte ni nada. Neske guardo el móvil con una gran sonrisa pese al fin de conversación del comisario.

- ¿Tenemos caso?- dijo Novella levantando la mirada por encima de las gafas.

- ¿Tú qué crees?

- Ve arrancando el coche, voy a por las chaquetas.

viernes 15 de febrero de 2008

Los ojos del Caos [Capítulo 1]

Capítulo 1

Manuel recuperó el sentido únicamente cuando vomitó en el aseo. Había estado todo el rato consciente, lo sabía, pero era como si hubiese deambulado completamente aturdido por ahí. Se había sentido como un cacho de carne que no podía gobernar sus movimientos y únicamente el instinto primario regía su cuerpo, como un zombi. Sentado junto a la taza del wáter resopló, alzó la manga de su chaqueta y se quitó el espeso sudor de su frente mientras intentaba recordar cómo había sucedido todo. Había salido de su casa hacía unas horas con la intención de ir a comprar algo de comida para su larga noche de encierro en su habitación. Recordaba cómo sus pasos le llevaban camino del supermercado, con la mente ocupada en aquellos libros que se apilaban en la mesa de su estudio. Hacía una buena noche de invierno, tranquila y sosegada aunque el viento comenzaba a alzarse. Había comprado algo de comer y unos refrescos, y entonces…

Lo único que recordaba era un borrón, como si mirase a través de sus empañadas gafas. Había algo allí. Grande. Muy Grande. Extraño y con un denso olor. Recordó los ojos azules como el hielo y transparentes como el cristal, rasgados como los de un animal, que perforaban su alma de forma antinatural, primitiva e instintiva, como una aguja adentrándose en las venas. Entonces la parte irracional del cerebro tomó el control, hundiéndole en el pánico y echando a correr.

Un fugaz destello le recordó el estrépito de las latas de refresco estampándose y agrietándose contra el suelo, de los huevos estrellados contra la acera, del viento golpeándole las mejillas. De pronto se encontraba en su casa, tirado contra el wáter, vomitando la comida. La cabeza le daba vueltas. El corazón parecía que se le iba a salir por la boca y respiraba de forma agitada. Sentía cada latido del corazón en las puntas de los dedos y en su cabeza. Apoyó sus brazos en la taza del wáter y a duras penas consiguió ponerse en pie. El espejo le devolvía su yo de forma grotesca; la manga de la chaqueta con rastros de vómito, la cara desencajada, blanca y empapada en sudor, su pecho subía y bajaba a la velocidad del rayo. Temblaba. Se lavó la cara y encendió la ducha. Mientras se calentaba el agua de la ducha se miró de nuevo al espejo, ya más sereno. ¿Qué era esa cosa? ¿Cómo había llegado a su casa? ¿Por qué no puede recordar nada?

***

Irene miró los ojos pardos de Neske que, distraída miraba el techo de la habitación, con la mirada perdida, jadeando todavía por su último orgasmo. Observaba el cuerpo desnudo de su pareja y no pudo evitar acariciar los pechos y el terso estómago de ella. Neske rió juguetona, ambas cruzaron sus miradas y se dieron un suave beso en los labios.

- Creo que ya es hora de cenar.- dijo Neske mientras se incorporaba para buscar su pantalón de chándal y un suéter.

- Supongo que sí. – Irene miró por la ventana. La luna resplandecía en la despejada noche, una corriente de aire frío se colaba por las rendijas. Suspiró y dirigió una última mirada a la calle, sonrió al ver como un hombre corría tras el sombrero que el viento le robaba, se giró y buscó una bata cómoda con la que taparse. Encendió la luz del baño y se miró en el espejo. Sus curvas se dibujaban bajo la ceñida bata negra. En el pecho se adivinaba el principio de sus pechos. Sonrió al mirar sus profundos ojos castaños, orgullosa. Hondos y expresivos, pero a la par enigmáticos y oscuros. Lanzó una última mirada a su reflejo y se giró para apartar la mampara de la ducha. Abrió el grifo y el agua comenzó a correr. Mientras se calentaba fue al salón. Cuando cruzó la puerta de su habitación miró el caos que poblaba su piso. Su pequeño loft, únicamente con el dormitorio separado del resto de la casa, era un mar de ropa por el suelo, copas a medio vaciar en la mesa y con resto de comida en los platos. En los rincones y poblando los estantes de las estanterías que amueblaban la parte del estudio, por encima del aparador y la mesa de centro, en la cómoda y en la mesa del estudio, por encima del banco de la cocina, velas, montones de ellas, consumidas. La satisfacción se dibujó en su rostro al recordar la íntima comida con la que agasajó a Neske, hace apenas unas horas, horas que le habían parecido días. Neske recogía su ropa del suelo y reía juguetona mientras cogía los juguetes eróticos y la lencería íntima. Lanzó un tanga que se posó graciosamente sobre el pelo de Irene. Irene se lo devolvió con una fingida mueca de enfado, no pudo disimular la sonrisa bajo su rostro mientras empezaba a recoger los platos.

- ¿A qué hora entras?

- Ahora a las once, con los del turno de noche.- respondió Neske mientras arrojaba las prendas al cesto de la ropa sucia. – Creo que la ducha ya la tendrás lista.

- ¡Mierda! No me acordaba.- Dejó los platos en el fregadero y corrió al baño. Neske sonrió para sus adentros, recogió la cartera y las llaves del coche. Abrió la puerta y se despidió a gritos. Cuando salió a la calle, un viento helado le golpeó la cara. Un suspiro se le escapó. Se ajustó la bufanda y echó a andar por la solitaria acera.

martes 29 de enero de 2008

Los ojos del Caos (intro)

"Ante el silencio, uno de los hombres se dirige a un extremo de la sala. Allí, rebusca entre unas cajoneras y pilas de cachivaches de remoto origen. De pronto, se alzó con una bola entre las manos y con una sonrisa de satisfacción se dirige hacia vos.

- No temáis pues es una simple bola de cristal. Tomadla entre las manos y concentraos en su interior. Quizás os cuente historias increibles, o reviva recuerdos de su pasado, quién sabe.

La sonrisa se le atraganta al joven, que con trémula mano toma la bola de cristal y hace lo que se le pide. De pronto, del fondo de la bola comenzó a surgir una luz azul que danzaba y una voz profunda le atravesó el cerebro.... susurró la voz. "

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“La vieja puerta se erguía aún desafiante en el extremo del largo pasillo de aquel edificio abandonado largo tiempo atrás. Arrojaba tristes lamentos a través de los agujeros de la envejecida madera; por la que se filtraba el profundo olor a moho y polvo. Tras secos golpes, la puerta cedió, y con un sollozo de astillas y madera rota, dio por finalizado su cometido, viéndose abandonada en el polvoriento suelo tras largos años de servicio. La luz invadió la penumbra, reduciendo los espacios de las sombras. La sombra de Edgar se recortaba en el sucio suelo. Edgar se rascaba el magullado hombro. “Dichosas puertas antiguas” pensó, mientras buscaba entre los restos de la puerta; la oxidada llave que abría la cerradura. Negó con la cabeza y a tientas buscó algún interruptor en la pared. No dio con nada, pero mientras lo hacía sus ojos se fueron acostumbrando a la oscuridad que allí reinaba. A su espalda, en el pasillo, una melancólica bombilla se movía suspendida de un delgado cable, al son del viento, mientras con un sordo zumbido desempeñaba su tarea de iluminar aquella estancia.

De pronto Edgar escuchó como la bombilla chisporroteaba. La luz se fue un instante. Se asomó con cierto temor al pasillo. Nada. Tan sólo la lúgubre bombilla que iluminaba aquel gris pasillo, lleno de escombros, excrementos de rata y suciedad. Miró hacia la escalera por donde había subido, la amarillenta barandilla seguía allí, sobresaliendo del hueco de la escalera. Suspiró aliviado. Se giró para mirar el interior de aquel pequeño apartamento. Maldijo a su jefe para sus adentros. “Tener que venir a estas horas a ver este edificio ruinoso”. Soñaba con dejar este trabajo sin futuro e irse a vivir con su novia al pueblo, donde montaría una casa rural, sería una buena vida.

Los ojos volvían a ver a través de la densa oscuridad. Entró en el apartamento con paso vacilante. Apartó la puerta del recibidor y se abrió ante él un largo pasillo que desembocaba a una habitación donde no llegaba la luz. Había varias puertas a lo largo de todo el pasillo. Podía oír como las ratas correteaban y gritaban. El olor a viejo penetró en sus fosas nasales e invadió su cuerpo, y un halo de triste melancolía invadió su alma. Encaminó sus pasos a aquella sala a oscuras como llevado por una nube de turbulentas intenciones, embargado por una curiosidad que florecía por cada uno de sus poros. Atravesó el umbral con una arraigada necesidad de ver lo que allí habría, de maravillarse con aquello que la oscuridad guardaba. En su mente; la imaginación le paseó por todo tipo de ocurrencias que podían poblar aquella habitación. Sin embargo, se decepcionó al ver un desvencijado armario tumbado en el medio de la estancia, iluminado por los rayos de la luna que se colaban a través de las desgarradas persianas que cubrían las ventanas. El olor a suciedad y podredumbre era asfixiante en aquella estancia.

Edgar sacó el móvil y lo activó para, a modo de linterna, examinar quejumbroso mueble. Edgar no se dio cuenta de que no tenía cobertura, porque estaba demasiado asustado viendo como la puerta del armario se abría súbitamente. En un instante se descubrió mirando fijamente a unos ojos de color negro profundo que lo observaban. De pronto pensó en su novia y en la vida que no iba a tener con ella. Sintió un aliento que le golpeaba la piel del cuello y su sentido del peligro se disparaba. Sintió como la vida se le escapaba lenta pero inexorablemente. Sintió la desesperación al no poder mover ni un solo músculo, el miedo le invadía como un veneno. De pronto ya no sintió nada.”

miércoles 5 de diciembre de 2007

Malkavnos, el pícaro.

He aqui una historia que queria compartir contigo, se trata de un pícaro de las lejanas tierras de Azeroth. Sientate y disfruta del relato.

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Malkavnos el pícaro.

¿Cuantos años hace que soy así? Hace mucho que perdí la cuenta, durante casi toda mi vida me he dedicado a esto- piensa mientras saca la espada del humano muerto ante si y se sienta encima- Mato sin compasión, sin remordimientos- Se mira las manos y se las intenta limpiar un poco con la capa azul del paladín que se halla bajo de él.- Han derramado demasiada sangre como para limpiarlas, pero hubo un tiempo en las que no estaban así, hubo un tiempo en las que eran manos humanas, manos inocentes que nadie jamás hubiera pensado que pudieran matar a un hombre…. Que poco que duró aquello…

El pícaro se pode de rodillas y da la vuelta al cadáver de la dorada armadura

Apenas con 14 años de edad mi padre me vendió a cambio de saldar sus deudas con la justicia, el Maestro Mathias Shaw, líder del IV:7 (Inteligencia de Ventormenta) me recogió, me cambió de ropa y me dio el que seria mi nuevo nombre durante los próximos 5 años: Aspirante A-214.
En ese lugar aprendí el arte del subterfugio, de andar sobre hilos donde colgaban campanillas sin hacer que sonara ni una sola, a matar y degollar sin hacer el mas mínimo sonido, allí convirtieron mis dagas en una parte mas de mis manos, me convirtieron en una maquina de asesinar. Aún recuerdo a mi primera victima, fue en el examen final en 5º año, la prueba consistía en meter a 5 alumnos en una casa a oscuras y ver cual de todos sobrevivía. Ninguno de los 4 consiguió llegar a verme. Al salir de la habitación miré mis manos ensangrentadas, de un rojo brillante que se quedó grabado en mis retinas al igual que en mi corazón, sus caras me perseguirán toda la vida, caras de sorpresa y horror tendidas en el cuarto en penumbras, las caras de quienes habían sido mis compañeros de habitación durante aquellos 5 años.

Volvió a mirarse las manos recordando aquella noche… ¡Como habían cambiado y a la par que similares eran!

Después de aquello me concedieron mi nombre: Malkavnos hijo de Malkav. Y me transfirieron a mi nueva unidad, la Segunda División, encargada del espionaje y asesinato de los rivales militares y económicos de Ventormenta. Exactamente en la sección encargada de sabotear a los No-muertos donde pasé la mayor parte de mi vida.

Coge gran maza del suelo y la contempla unos instantes, tras lo cual la lanza al precipicio de vacío abisal que hay apenas a unos metros de él, tras lo cual se sienta junto al cadáver a buscar su bolsa de dinero o algún objeto útil.

Cierta noche, se nos encargó una tarea mas sencilla de lo habitual, asaltar un carromato con armamento nuevo para Entrañas, algo inusual para nuestra sección, la cual se encargaba de cosas mas serias, dejando esto para los recién llegados o combatientes con menos experiencia en combate, aún así eran órdenes por lo cual aceptamos sin preguntar, como siempre.
Al anochecer vimos llegar el carro, nos preparamos y nos pusimos en guardia, cuando de repente, a nuestras espaldas aparecieron gran cantidad veteranos guerreros que saltaron sobre nosotros. Vendimos cara nuestra derrota, conté más de 15 muertes de aquellos formidables guerreros antes de caer al suelo. La mía fue una gran muerte, pero no el fin de mi historia. A los pocos días desperté, atado a una cama de metal. Me habían resucitado, intentaron sacarme información sobre Ventormenta o sus próximos movimientos, mas solo encontraron silencio.

Tras varios meses de torturas, decidieron soltarme para que rehiciera mi vida (que ironía). Pensé en volver a Ventormenta, a mi hogar, mas de camino, me crucé con una partida de mis antiguos compañeros, y aunque fui en postura amigable e intentando hablar con ellos, solo conseguí gritos, ataques y conjuros de su parte… Derruido física y moralmente, vagué por los montes durante semanas o meses, sin otra cosa en mente que tenderme en el suelo y esperar a que la muerte me encontrara por segunda vez.

Se levanta y le propina un puntapié en las costillas al inerte humano, intentando así mitigar el odio. Mas su mente sigue vagando por el pasado...

-Joder colega! ¿Qué te ha pasado? Estas hecho polvo! Anda, ven a mi casa, recupérate…- dijo un ser cadavérico que estaba a mi lado, intenté levantarme y decirle que no, que esto era lo que buscaba, mas solo conseguí levantar la cabeza lo suficiente como para que chocara contra el suelo al caer inconsciente.
Lo siguiente que recuerdo, es una mullida cama, un buen fuego en la chimenea y lo que olía como un estupendo guiso al fuego.

-Mira por donde! El dormilón ha despertado! Creíamos que estabas en un sueño eterno de esos de los elfos! Bueno, recuéstate en la cama que ahora mismo servimos la comida.- Dijo una bella No-muerta.
(¿Cómo, bella? Espera, ¿Desde cuando me puede parecer bella un saco de huesos? Pero en verdad lo es!)

Se tumba en el suelo, apoyando la cabeza sobre la dorada armadura y observa las estrellas… -Has elegido una bonita noche para morir, humano-

Después de aquello, me quedé en aquella casa durante muchos meses, Junto con Valgan, su mujer Elbereth y la bella hija Libna. Trabajé como el que mas en la granja, pasando el arado y recolectando el fruto. Los mejores años de mi vida trascurrieron dentro de aquellas paredes, solo enturbiados por los acontecimientos de mi último día allí. Era noche cerrada y volvía a casa con el trofeo de mi expedición de caza, un venado casi tan grande como yo, cuando de repente, todos mis sentidos me alertaron para que me tirara al suelo. Desde detrás de un matorral, pude verlos, la guardia personal de Anduin Wrynn, el Rey de Ventormenta. Eran 20 y a la cabeza de ellos cabalgaba el mismísimo General Marcus Jonathan, héroe de mil batallas. El cual iba con las riendas en una mano y la espada ensangrentada en la otra riéndose jovialmente mientras hablaba con el que iba a su lado.

Los recuerdos de aquella noche hacen que su cuerpo tiemble de ira y dolor…

Temiéndome lo peor, salí corriendo hacia la granja, mas no necesité acercarme mucho para saber lo sucedido, ya que a mas de medio kilómetro ya se podía ver como las llamas se alzaban sobre los árboles, -Por favor, ella no…- me dije mientras corría con todas mis fuerzas.

Se levanta del suelo de un salto, casi incapaz de contener las lagrimas mientras las imágenes siguen entrando en su cabeza como un torbellino…

Salté la valla, y pasé entre los muros de fuego en los que se había convertido la plantación… Justo al salir de esta, mis peores temores se hicieron realidad como si de un martillazo en el pecho se tratara. Sobre el árbol se hallaba colgando con una daga hundida en el pecho, todo lo que mas amaba en este mundo, lo que había sido mi única familia. Mis piernas no consiguieron sostenerme y caí de rodillas al suelo, trastabillando me acerqué al árbol, lágrimas de sangre recorrían mis mejillas cuando vi la nota:

Por Real decreto.
Se hace saber que el soldado antes conocido “Malkavnos”,
es un traidor a la corona y se exige su cabeza.
Ha sido visto por El Bosque de los Argénteos.
Todo aquel que le proporcione ayuda o le resguarde
será tratado como traidor y ejecutado en el momento.

Sellado:
Bolvar Fondragon.
Regente de Ventormenta.


Desenfunda las espadas y las hunde en el pecho del paladín clavándolas también en la tierra que hay bajo éste. PORQUEEE? Porque tuvisteis que hacer esooo? Ellos no os habían hecho nada, NADAAAA!
Grita a la cara del paladín muerto, llora y tiembla de dolor, mientras, las lágrimas caen sobre el rostro del humano…

De camino a entrañas la ira recorría mis venas, apretaba fuertemente el mango del cuchillo, lo poco que se ha conseguido salvar de la casa ardiendo... -¿Traidor? ¡Si en toda mi vida no hice más que servir a la Corona! ¿Quieren un traidor? Pues no tendrán un traidor, ¡TENDRÁN UN ENEMIGO!

Sofoca un poco los sollozos, se levanta y mira en derredor… Respira hondo y se traga el dolor y la desesperación, guardándolo en su corazón. Mira al cadáver, ser acerca a él. -No eres “El” pero seguro que hubieras dado tu vida por protegerle.- Se sube sobre el estomago del humano, acuclillándose coge los mangos de las espadas, viéndole así la cara cada vez mas blanca entre los filos de ellas- ¿Sabes que te digo? - Acercando su cara a la de el, hundiéndole aún mas las espadas en el pecho- No has sido el primero de esta noche y… - De un tirón arranca las espadas del pecho del humando, lanzando 2 chorros de sangre que cubren por entero al pícaro - Te prometo que no serás el Último! - Le grita a la cara mientras arranca a correr en busca de su próxima victima.

jueves 8 de noviembre de 2007

Una extraña torre

El crujir de las visagras, oxidadas por el paso del tiempo, saludan vuestra entrada a la torre. El polvo se remueve, sacudido por primera vez en mucho tiempo por el viento del exterior, el olor a cerrado y viejo os innunda las fosas nasales. Alzais la vista y un viejo candelabro que pende de la pared, os indica la escalera de madera que asciende.

Paso a paso, crujido a crujido, atravesais los pisos de la torre hasta llegar al último, donde la puerta que os cierra el camino deja que unos débiles rayos de luz atraviesen sus ancianas rendijas. Las voces del interior os llegan confusas. Empujais la puerta con impaciencia, hartos del polvo y del olor, hartos de andar en penumbra y cansados de ascender a tientas.

Dos hombres, ataviados con extrañas túnicas de colores oscuros discuten, papel y cálamo en mano. Al veros se sorprenden y os observan con una mueca. Uno de ellos se desliza con paso tranquilo a una butaca escondida tras pilas y pilas de libros. El otro señala con cautela un sillón cerca de una de las ventanas. Mientras llegais, observais la habitación sintiendo como cuatro ojos observan cada uno de vuestros movimientos.

Esquivando pilas de libros y pergaminos, observando anonadado muebles y estanterias antiguas que se entremezclan en una amalgama donde lo viejo y lo nuevo se junta. En un extremo de la torre, una mesa con un flexo oxidado, cubierta de cachivaches y hojas de papel y pergamino. En el extremo contrario otra mesa con idéntico aspecto.

-¿Quién sois?. - Pregunta, con voz profunda, el que se sentó en el sillón.
-Eso eso, decidnos quién sois. - Añade con una voz dubitativa e impaciente, como si en realidad no quisiera decir eso. -¿Qué quereis de nosotros?.

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Bienvenidos seais a nuestra torre donde pretendemos daros unos buenos ratos de conversación y contaros historias. Este blog se crea con la intención de haceros pasar un buen rato mediante nuestros relatos y comentarios.